El precio de los sueños
o una Judy Garland de Villa Crespo
El frío que entra por la ventana se encuentra en mi living con el calor de la estufa, no parecen ganarse uno al otro, más bien acontece que van tomando diferentes territorios de la casa, la cocina se enfría, la pieza se mantiene tibia, la mitad de la sala está helada y la otra conserva un calor tranquilo. El baño se mantiene neutral, es la tierra de las velas y el eucalipto, cambia demasiado rápido como para verse afectado.
Eso mismo viene sucediendo estos días en mi vida.
Algunas partes se deslizan por el mundo con la gracia de las piruetas de patinaje y otras se estancan de formas grotescas.
Ni todo es caos, ni todo es grácil.
Isa se las amaña para sentarse en mis piernas y tengo que escribir con una mano sobre su espalda, al mismo tiempo, siento sus garritas apretar y soltar la tela de mi pantalón.
Los días se sienten extraños. Muchas cosas ya no son lo que eran. En el afán de vivir aquello que amo, todo lo que no acompañaba ese sueño, fue cayendo sin piedad.
La pintura es parte innegociable de mis días, los paseos son hermosos, cada semana preparo budines y tortas para merendar y a la noche estiro mi cuerpo sobre el mat de yoga. Pero decirme que sí tiene un costo que otras veces me ha parecido muy alto: decir que no, es decir, elegirme.
Para muchas personas que han sido parte de mi vida, hoy soy una amiga aburrida. Al mismo tiempo, espacios que antes se sentían como un hogar, dejaron de serlo, y dejé de tener ganas de charlar de algunas cosas, de compartir ciertas opiniones, porque claro, yo había cambiado.
Y en medio de todo esto, mientras yo balbuceo un tímido, pero, pero si, los hilos del destino encontraron otro cauce.
Y para bien, pero el momento de la transición, el lapso entre desear vivir otra vida y encarnarla, de ver la pérdida, duele.
¿Cómo se transita un duelo tras otro? ¿Qué acompaña a una en la pérdida de eso que la sostenía en otra pérdida?
En el ojo de la tormenta la visión es traicionera, así que mientras la vida, Dios y la fuerza de las cosas, hacen lo suyo, yo entro en mi faceta de ermitaña. Me transformo en esa joven Judy Garland en la primera escena de El Mago de Oz, y me dispongo a ver cómo el frío toma lo suyo, el fuego de la estufa se mantiene sereno, y que sea de cada cosa, lo que deba ser…
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Nos charlamos luego,
Lari


